En el contexto actual, es bien sabido que Estados Unidos es el principal aliado de Israel. Sin embargo, esta alianza también despierta numerosas preguntas. Una de las más relevantes es si la relación entre ambos países es realmente tan sólida como aparenta, o si existen grietas que reflejan una falta de confianza plena, especialmente considerando las diferencias inherentes entre dos estados soberanos. ¿Hasta qué punto esta alianza está cimentada en intereses mutuos genuinos, y hasta qué punto está condicionada por la necesidad geopolítica y los intereses estratégicos de cada nación?
Un poco de historia
Para conocer en profundidad estas cuestiones primeramente nos vamos a retornar a 1947, cuando la ONU aprobó la Resolución 181, que proponía la partición de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, con Jerusalén bajo administración internacional. Mientras que la comunidad judía aceptó el plan, los líderes árabes y la mayoría de la población árabe lo rechazaron, argumentando que era injusto y favorecía a los judíos. El descontento de estos, sumado a intereses políticos internos e impulsados por el surgimiento del nacionalismo árabe causó que se decidiera invadir Israel ese mismo año. Esto dio comienzo a una guerra encarnizada hasta 1949 que terminó con una serie de acuerdos de armisticio. Israel no solo mantuvo su territorio, sino que también amplió sus fronteras más allá de lo que había sido asignado por el plan de partición de la ONU.
El conglomerado ejercito árabe estaba liderado por Egipto, que a pesar de obtener la completa independencia de Gran Bretaña en 1922 todavía seguía existiendo una fuerte relación entre ambos en asuntos militares y políticos. En el año de inicio de la guerra Israel poseía una pobre economía agrícola y apenas industria, por lo que carecían del poder de fabricar casi nada diferente a ropa o a alimentos enlatados y mucho menos armamento.

Los egipcios, por su parte, contaban con un ejército bien entrenado y equipado gracias al apoyo británico, dado que en ese momento el Reino Unido aún mantenía grandes bases militares en la zona del canal de Suez y poseía importantes intereses imperiales al este de dicho canal. Este respaldo no solo les proporcionaba armamento moderno, sino también una sólida estructura militar que les otorgaba una ventaja significativa en el conflicto que se avecinaba.
En una situación similar se encontraba Irak, donde el panorama estaba igualmente influenciado por la política británica. El rey hachemita había sido instalado por los británicos, consolidando así un gobierno aliado y servicial a los intereses del Reino Unido. A cambio, el rey facilitó el acceso a los recursos petroleros de la región, los cuales resultaban de vital importancia para el mantenimiento de la influencia británica en el Medio Oriente. Este acuerdo permitía a los británicos asegurarse un suministro continuo de petróleo y mantener su influencia política y económica en la región. Así, tanto Egipto como Irak se perfilaban como actores claves en el escenario de la confrontación árabe-israelí, con ejércitos bien armados y gobiernos que respondían, en mayor o menor medida, a los intereses estratégicos británicos.
Como se ha señalado, el poderío armamentístico del conglomerado árabe, en comparación con las capacidades militares de Israel y sus Fuerzas de Defensa (FDI), era considerable, lo que sugería que el conflicto tendría un resultado predecible con un claro vencedor. Las fuerzas árabes, al contar con mayor número de tropas, equipamiento y apoyo logístico, parecían tener una ventaja significativa frente al recién creado estado de Israel, que luchaba por su supervivencia en un contexto de incertidumbre y escasez de recursos militares.
Ante esta situación, los británicos tomaron lo que consideraron la decisión más pragmática: no suministrar armas a Israel y permitir que los estados árabes, que tenían intereses alineados y una superioridad militar evidente, tomaran control del territorio israelí. Esta postura británica estaba motivada por múltiples factores, incluyendo sus propios intereses geopolíticos en la región, su deseo de mantener relaciones cordiales con los países árabes, que controlaban recursos energéticos de gran importancia, y la percepción de que apoyar a Israel en una situación tan desfavorable solo podría prolongar el conflicto y llevar a una mayor inestabilidad en la región.
Además, la decisión británica también buscaba preservar sus propios intereses coloniales y evitar cualquier involucramiento directo en un conflicto que ya se perfilaba como inevitablemente sangriento. Permitir que los estados árabes derrotaran a Israel sin intervención fue visto por los británicos como la forma menos costosa de evitar una escalada militar más amplia que pudiera amenazar sus propias posiciones estratégicas en el Medio Oriente.
En este contexto, los diplomáticos estadounidenses, bajo la firme directriz de Marshall se unieron a los británicos y denegar la venta de armas, además de impedir que llegara cualquier tipo de armamento procedente de Europa. Marshall, convencido de que Israel era un pequeño estado con un destino incierto y probablemente fatal, creía que cualquier esfuerzo por apoyarlo militarmente sería inútil. Bajo esa premisa, se negó incluso a recibir al representante israelí que solicitó una audiencia, mostrando así la falta de apoyo hacia la causa israelí en esos momentos críticos.
Décadas después, sabemos que el Estado de Israel resistió la embestida del conflicto, e incluso logró expandir su territorio, algo que ni en sus más optimistas previsiones Marshall habría imaginado. Durante este breve pero crucial periodo, quedó en evidencia cómo Estados Unidos dejó al Estado israelí a la merced de sus enemigos, un país que hoy en día se presenta como su sólido aliado. Como dice el conocido refrán: «La historia no se olvida, sólo se repite«. Sin duda, los israelíes lo tienen presente, recordando que la confianza en las alianzas internacionales debe ser siempre prudente, y que la autodependencia es esencial para la supervivencia.
Si retornamos a la actualidad existen varios frentes abiertos que a continuación se tratarán.
Israel ha demostrado una notable predisposición a enfrentar cualquier conflicto bélico que amenace sus intereses, particularmente en relación con sus vecinos, como se ha mencionado previamente en varios episodios históricos. Sin embargo, surge la pregunta: ¿Por qué a Estados Unidos le interesa más la paz que la guerra en Oriente Medio? Y, ¿de qué manera la actitud beligerante de Israel podría poner en riesgo su relación con Estados Unidos?
Hay varias razones de peso que argumentan la afirmación de estas preguntas.
Aunque la dependencia de Estados Unidos del petróleo del Golfo Pérsico ha disminuido gracias al desarrollo de fuentes propias, la región de Oriente Medio sigue siendo clave para la seguridad energética global. La paz en la región garantiza que el flujo de petróleo y gas natural no se vea afectado por conflictos armados, lo cual es importante para la estabilidad del mercado energético mundial.
El petróleo es un bien global, y los precios del crudo están fuertemente influenciados por la producción del Golfo Pérsico. La región contiene alrededor del 50% de las reservas de petróleo del mundo y sigue siendo un proveedor fundamental para países como China, India, Japón y la Unión Europea. Por lo tanto, cualquier interrupción significativa en el suministro de petróleo del Golfo podría afectar negativamente los precios a nivel mundial, y eso incluiría impactos en la economía estadounidense.

Además, la estabilidad en Oriente Medio es esencial para la seguridad global, ya que esta región ejerce una influencia significativa sobre la economía y la política mundial. Los conflictos en esta área pueden desencadenar crisis que impacten directamente a otros países, generando problemas como migraciones masivas, proliferación del extremismo y el aumento del terrorismo. Para Estados Unidos, promover la paz en Oriente Medio no solo significa evitar que estos conflictos se extiendan, sino también limitar la creciente influencia de potencias rivales, como Rusia y China, en una región de importancia estratégica.
Otro aspecto relevante es la creciente resistencia de la población estadounidense a involucrarse en conflictos en Oriente Medio, dado que las intervenciones previas, como las guerras de Irak y Afganistán, no han cumplido con las expectativas. Pese a los inmensos recursos materiales y humanos invertidos, los resultados han sido decepcionantes, lo cual ha generado un profundo desencanto y escepticismo respecto a futuras intervenciones.

A esto se suma el rechazo de ciertos grupos de influencia estadounidenses, quienes consideran que la insistencia en los derechos humanos en Oriente Medio es una preocupación que se maneja con intereses políticos, y que puede ser instrumentalizada para influir en la política interna. Este enfoque selectivo hacia los derechos humanos no solo crea divisiones internas, sino que también pone en riesgo la estabilidad de las relaciones internacionales de Estados Unidos con otros actores de la región. Así, la política hacia Oriente Medio se encuentra atrapada entre la necesidad de garantizar la estabilidad y la presión interna para evitar nuevas aventuras militares, mientras se mantiene una competencia geopolítica con rivales estratégicos.
A pesar de que la alianza entre Estados Unidos e Israel es actualmente sólida, marcada por la dependencia económica de Israel hacia EE. UU. y la necesidad de un aliado firme en Oriente Medio, existen algunas grietas que podrían amenazar esta unión en el futuro. Sin embargo, a corto plazo, no parece probable que esto ocurra. El recién reelecto presidente Donald Trump ha mantenido una postura de apoyo hacia el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, a diferencia de su predecesor Barack Obama, quien en ocasiones se mostró más crítico con las decisiones del gobierno israelí. Trump parece estar enfocado en reducir las tensiones en la región y poner fin al conflicto que se libra actualmente, ya que esta situación no favorece el desarrollo de una economía estable y dependiente de EE. UU. en todo Oriente Medio.
Gracias por su atención
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